Hombres de Bronce - Ricardo Palma (completo).
Érase que se era, o había una vez, un notario de la real audiencia llamado Don Dimas de la Tijereta. El buen hombre había caído en la peor tontería en que puede caer un viejo, enamorarse hasta la coronilla de una bella y coqueta jovencita.
De pronto olvidó toda su tacañería y empezó a gastar el dinero, fruto de sus embustes y triquiñuelas, en obsequios y maravillosos regalos para Visitación, que era el nombre de la codiciada muchachita. Visitación tenía 20 primaveras llenas de don aire y una cintura pulida de esas de mírame y no me toques. Los regalos de tijereta no conmovían su corazón.
ella los recibía interesada pero sin ningún ánimo de devolver el favor porque la muy taimada conocía a fondo la influencia de sus hechizos sobre el corazón del escribano exasperado por los desaires de visitación que no terminaba por decidirse don Dimas de la tijereta se dejó llevar por el enfado y gritó con fuerza en plena calle maldición sería capaz de entregar mi almilla al diablo a cambio del amor de esa caprichosa criatura
El grito del notario resonó inmediatamente en los muros del infierno, donde Lucifer siempre está atento a las debilidades de los hombres. Y más tardó el viejo enamorado en llegar a su casa, que Satanás en enviarle al diablo Lilith, su secretario personal, con un contrato ya firmado en el que le ofrecía el amor de la doncella a cambio de su alma.
a la que el enojado Tijereta había llamado Almilla en medio de su cólera. El acuerdo era simple. El diablo le entregaría a visitación por tres años, al cabo de los cuales Lilith vendría personalmente por su alma.
Firmado el contrato, Don Dimas regresó a su casa. Y apenas entró en el dormitorio, vio que el demonio había cumplido su palabra. Visitación estaba allí, cálida y amorosa, esperándolo en la alcoba. La otrora desdeñosa y remilgada muchacha, esta vez se arrojó ebria de amor hacia sus brazos. Y ahora miremos al agua, porque es peligroso extenderse en pormenores y requiebros de los amantes.
Y así como el agua corre bajo el puente, el tiempo también corrió, mes tras mes, día tras día, colmando de felicidad a Don Dimas de la Tijereta. El amor entre el notario y visitación crecía conforme pasaba el tiempo, pero ya habían transcurrido dos años y muchos meses, y el plazo se estaba cumpliendo.
Al fin llegó el día señalado y el diablo Lilith se presentó puntualísimo a exigir que Don Dimas hiciera honor a su firma en el contrato. Tengo por la almiría. Sin mostrar ningún temor ante la presencia del demonio, el escribano le expresó su saludo y de inmediato empezó a quitarse las ropas. No, no es necesario que se desnude, le dijo Lilith. Así como está, yo me lo llevo sin problemas.
Pero sin desnudarme no podría pagarle, le respondió Don Dimas, mientras se quitaba su prenda más interior y se la extendía al enviado del infierno. ¿Qué quiere usted que haga con esta prenda? preguntó sorprendido Lilith. Cobrarse, le contestó el escribano. Esa prenda se llama almilla y eso es lo que yo le he vendido. Revise usted el contrato, lea bien y verá que dice almilla.
Philip no quiso discutir con el gulello y sin pensarlo dos veces lo arrastró directamente al infierno para que el mismo Satanás decidiera el asunto. Felizmente para Don Dimas el temible Satanás estuvo de acuerdo en celebrar un juicio porque su majestad infernal, aunque haya quienes se resistan a creerlo, siempre se ciña la ley y detesta todo lo que huele a arbitrariedad y despotismo.
Tijereta pidió que se leyera en el diccionario de la lengua el significado de la palabra almilla. Y el demonio, después de leer, le dio la razón al notario. Efectivamente, almilla significa ropa interior. Y eso es lo que había vendido el astuto leguleyo. Así, Don Dimas quedó libre. Y el infierno se tuvo que conformar con una almilla almidonada. Una vez más, se comprueba que ni los diablos pueden con los leguleyos.
Pero algún castigo habrían de llevar, pues se afirma que de allí en adelante, tanto los notarios como los abogados quedaron prohibidos de usar ropa interior, por los siglos de los siglos. Pero allí no acaba la historia. Cuando Don Dimas llegó a su casa sano y salvo, encontró que su querida visitación ya no estaba. Solo encontró una breve nota de despedida. Destruido el diabólico hechizo, ella había corrido a encerrarse para siempre en un convento.
Esto sucedió en la Lima de los primeros años del siglo XVIII. La historia del notario Don Dimas de la Tijera de Jareta... ...atravesó el tiempo de boca en boca... ...hasta llegar a los oídos de Don Ricardo Palma. Él la escribió para nosotros... ...dándole altura literaria... ...y convirtiéndola en una de sus célebres tradiciones peruanas. Ricardo Palma nació en esta casa... ...el 7 de febrero del año 1833...
Fue bautizado como Manuel, pero en la adolescencia decidió llamarse Ricardo. Nunca explicó por qué. Junto a sus padres, don Pedro Palma y doña Guillerma Carrillo, pasó una infancia bastante pobre, pero llena de las alegrías de cualquier muchacho. En la época de don Ricardo Palma, el río Rimac todavía era un río de pueblo, donde las madres iban a lavar la ropa y los chicos a bañarse. Ese río había visto pasar casi 300 años de colonia.
y la infancia de palma coincidía con el inicio de la república el tiempo transcurría tranquilo y en paz cuando los caudillos militares de aquel entonces dejaban lima e iban a enfrentarse en las lejanas provincias los pregoneros marcaban las horas como relojes ambulantes el día se abría a las seis de la mañana con la lechera y terminaba al menos para los niños a las ocho de la noche con el paso del heladero y el barquillero
la tizana que vendo yo palma estudió en los colegios de los profesores orengo y noel muy reputados en lima pero su mejor educación la recibió de los viejos memoriosos que contaban cuentos en los patios de las casas a su casa llegaba siempre una anciana pariente que reunía a todos los muchachos del vecindario para contarles viejas historias de duendes brujas milagros y aparecidos
Muchos años después, Palma recordaba. La anciana contaba con tanto don aire que los granujas y mataperros la oíamos sin pestañear ni perder sílaba. Algunas veces las historias eran risueñas, llenas de humor irreverente, y otras veces producían pesadillas y malos sueños. Al terminar secundaria, ingresó en el convictorio de San Carlos, pero pronto lo abandonó, porque prefería la literatura, el periodismo y la bohemia.
Sus primeros textos fueron satíricos y aparecieron en las más famosas revistas de humor de la época. En esos años pasó a formar parte de la primera generación literaria de nuestra república, una época a la que Palma la llamaría después la bohemia de mi tiempo. Los integrantes de la bohemia eran básicamente poetas, pero la poesía no les daba la popularidad deseada.
Para los jóvenes románticos no había aplausos más codiciados que los obtenidos sobre el escenario teatral. El teatro era el espectáculo cultural de la época. Palma presentó tres obras, La hermana del verdugo, La muerte o la libertad y Rodilco.
Años después, consciente de la escasa calidad literaria de sus obras teatrales, las llamó con su típico tono burlón, Mis Tres Monstruosidades, o Mi Pecado Contra las Letras. A los 20 años, Palma decide conocer el país y se hace a la mar, navegando durante tres largos años por diferentes puertos de nuestra costa. Le gustaba el mar, pero el lema de los marineros, un amor en cada puerto, no era el suyo.
Él más bien se embarcó para huir de un amor, pero esta es otra historia, a la cual, como él solía decir, volveremos enseguida. ¿Saben ustedes cómo llegó don Ricardo Palma a ser marinero de la Armada peruana? La historia cuenta que ingresó a la marina esquivando un inminente matrimonio. La muchacha se llamaba Teresa y es uno de los varios nombres de mujer que aparecen en sus primeros versos.
Ella vivía en la calle Los Gallos y hasta allí llegaba el joven bohemio a visitarla a escondidas de sus padres. Un día, descubierto por la madre de Teresa, el enamorado furtivo fue obligado a decidir según la costumbre de la época. O se casaba con ella o dejaba de verla. En aquel entonces no se podía enamorar a una joven sin consentimiento de sus padres y menos aún sin intenciones de matrimonio.
Enterado de su dilema, su amigo don Rafael del Carpio, hombre de estado y amante de las letras, lo invitó a tomar el té a su casa. ¿Casarse a los 20 años? ¡Qué disparate! le dijo. No se corte usted la sala, Ricardo. Mejor váyase de Lima para su tranquilidad y la de esa señorita, le aconsejó. Don Rafael del Carpio era personaje de influencias y rápidamente le gestionó un nombramiento en la Marina.
Así, de un día para otro, el joven escritor se convirtió en contador a bordo de los buques de la Armada. De esta manera, se alejó del himno y del matrimonio. Felizmente, las heridas de amor sanan pronto en los jóvenes. Un buen día, Teresa se casó con otro y Palma siguió navegando en los barcos de la Marina, enamorado del mar y de los sitios que visitaba.
En sus viajes las naves se detenían largas temporadas en las islas guaneras o en alejados puertos donde casi no había nada que hacer. El joven contable comenzó entonces a llenar sus horas vacías con los libros de la nutrida biblioteca que solían llevar los barcos. Esas interminables horas de lectura lo convirtieron en uno de los mayores conocedores de los clásicos españoles.
El primero de marzo de 1855, el buque Rimac, donde servía entonces, se estrelló contra un arrecife cuando navegaba cerca de la punta San Juan. En la costa sur de nuestro territorio, gigantescas olas barrieron la cubierta, arrastrando al oscuro océano a los 500 tripulantes. 12 hombres no lograron llegar a la orilla, pero felizmente Palma se contó entre los sobrevivientes.
Como no habían poblaciones cercanas, los náufragos salieron del agua solo para enfrentarse con el interminable desierto. Palma recordaría después esas terribles horas cuando tuvieron que caminar largas jornadas por los arenales soportando la sed, el hambre y la fatiga. 66 de sus compañeros no lograron vencer el desierto y los que vigorosos o afortunados lograron llegar a los poblados,
Más semejanza teníamos de espectros que de seres humanos, contaba don Ricardo Palma. Pocos meses después del naufragio, Palma deja la Armada para dedicarse íntegramente al periodismo y a la vida política. La lucha política de entonces era bastante confusa. Palma se integra al movimiento liberal dirigido por don José Galvez Egusquiza y se involucra en una insurrección contra el gobierno del mariscal don Ramón Castilla.
El levantamiento que incluía un asalto a la casa de gobierno fracasó rápidamente y Palma fue arrestado. Pero Castilla siempre fue benigno en sus represalias. En una época en que se fusilaba a los conspiradores, solo deportó a los cabecillas. José Galvez viajó a Francia y Palma fue desterrado a Chile. Con los años, el escritor reconoció la generosidad del presidente Castilla, a quien por lo demás sentía muy cerca en el espíritu agudo y socarrón.
En sus tradiciones peruanas, el libertador Castilla aparece muchas veces... ...retratado en cuentos y anécdotas que muestran su carácter risueño y un tanto pícaro. Tal vez la historia de un cañoncito es una de las más célebres tradiciones... ...que Palma dedicó al insigne presidente. Dicen que era el día del cumpleaños de don Ramón Castilla... ...y entre los muchos que acudieron a saludarlo, estuvo un joven y modesto orfebre...
quien se acercó a su excelencia y en señal de afecto le obsequió un dije para el reloj. La joya era un diminuto y primoroso cañoncito, pero don Ramón la recibió como si fuera un objeto peligroso, no la quiso lucir de inmediato y ordenó a su edecán que la pusiera sobre la consola de su despacho con orden expresa de que nadie lo tocara.
Corrieron los días y el cañoncito permanecía sobre la consola, siendo motivo de curiosidad para los amigos del presidente, quien no se cansaba de pedirles que se alejaran de él. Caballeros, háganse a un lado, no hay que tocarlo. El cañoncito apunta, un día de estos hará fuego. No respondo de averías, advertía muy serio don Ramón.
Al cabo de un mes el cañoncito dejó la consola para ocupar finalmente su sitio entre los dijes que adornaban la cadena del reloj de su excelencia. Cuando los amigos preguntaron a qué se debía el cambio, Castilla explicaba sonriendo. Señores, el cañoncito ya hizo fuego. Puntería baja, poca pólvora, ya no hay peligro. ¿Qué había sucedido realmente?
El joven orfebre le había pedido un empleo, un puesto modesto que necesitaba para mantener a su familia. Es decir, el cañoncito había disparado al fin, pero con modestia, apuntando bajo. Palma vivió durante tres años exiliado en Chile, donde trabajó como redactor en diversos diarios y revistas, pero finalmente volvió al Perú en 1863, gracias a una ley de amnistía.
En Lima retoma un viejo quehacer, revisar libros y papeles en los más antiguos archivos. Allí busca el refrán, la costumbre olvidada, la pequeña anécdota que le servirán de comienzo para escribir sus famosas tradiciones peruanas. Precisamente buscando en esos archivos de convento, encontró anotado el número de azotes que recibió un campanero llamado Jorge Escoiquiz en el tiempo de la colonia.
¿Por qué un señor virrey mandó azotar con tanta crueldad a un simple campanero? Don Ricardo Palma responde a esa pregunta en otra de sus jocosas tradiciones, que nos pintan el siglo XVIII mejor que cualquier aburrido libro de historia. Este es Jorge Escoiquís, campanero de convento. Alguna vez quiso ser cura.
Pero sus superiores, viéndolo más dispuesto a la truanería que al noviciado, lo castigaron mandándolo a vivir en la torre. Como campanero, tenía la obligación de tocar su campana cada vez que pasase el señor virrey por la plazuela del convento, cosa que Jorge Escoiquís no hizo una tarde que el conde de Alba del Iste, el virrey, pasó cerca de su atalaya.
Sorprendido del silencio de las campanas que no lo celebraban, el conde miró hacia la torre y divisó al campanero que dormitaba despreocupado, como si solo pasara el aire. Definitivamente, eso era una gran desatención para con el representante del rey en el Perú. El virrey le dio sus quejas al prior del convento, recordándole que no era la primera vez que la iglesia mostraba falta de respeto por su cargo.
El prior, para tranquilizar las aguas, prometió castigar al campanero. Lo más probable es que a Escoiquís no le había dado la gana de tocar, pero ante el prior se defendió diciendo que no tocó las campanas porque los bronces benditos no debían alegrarse por la presencia de un virrey hereje. El argumento era bueno y el prior sabía que la vida privada del virrey no merecía campanas, pero el castigo ya estaba acordado.
Así que varios latigazos cayeron sobre las espaldas del pajarraco de la torre. Él los recibió sabiendo que con ello el prior y los monjes estaban contentando al virrey. Y allí mismo comenzó a planear su venganza. No transcurrió ni una semana cuando el campanero despertó con el ruido de un carruaje que cruzaba la plaza. Era medianoche y era el señor virrey que ahora trataba de pasar desapercibido.
El campanero lo vio y de inmediato vinieron a su mente los rumores que decían que andaba en amores secretos con una anónima pero aristocrática dama. Entonces era cierto. Escoiquí sonrió y se lanzó a tocar las campanas con un entusiasmo tal que parecía que pasaba el mismo papa. Tal fue la bulla que los vecinos despertaron de su sueño y comenzaron a asomarse a las ventanas.
confirmando con sus propios ojos el virrey andaba efectivamente en trapicheos amorosos en medio de la noche más tarde el virrey llamó al bellaco a palacio y le pidió no repicar las campanas durante sus paseos nocturnos el campanero accedió pero a cambio de un pequeño favorcito interceda su excelencia le dijo al virrey para que el prior del convento me admita de nuevo en el noviciado
El representante del rey cumplió lo prometido y así fue como el campanero Jorge Escoiquiz logró por fin bajar de la torre y pudo convertirse en cura. Palma termina la tradición del virrey hereje diciendo, y aquí hago punto y rubrico, sacando de esta conseja la siguiente moraleja, que no hay enemigo chico. Asentado en Lima, Palma continúa haciendo periodismo.
Parece que ha encontrado la necesaria tranquilidad para investigar y escribir la primera serie de sus tradiciones. No sabe todavía que tendrá que defender al Perú en dos guerras. En 1264, Palma navega otra vez, pero ahora el barco tiene como destino el viejo mundo. Estaba realizando el ansiado viaje de los escritores de entonces.
Durante casi un año recorre París, Roma y Londres, donde se vincula con otros escritores y publica "Armonías", su libro de poemas. De regreso a su país lo espera la guerra. El puerto del Callao estaba bloqueado por una escuadra española que había venido con intenciones de restaurar el virreinato en el Perú. Palma desembarca en Paita y se apura en llegar a Lima por tierra.
quiere colaborar con su amigo y antiguo compañero de conjuras don José Galvez que ahora es ministro de guerra y dirige los preparativos en el Callao para enfrentar a los españoles el día del combate 2 de mayo de 1866 Palma por pedido de Galvez se encarga del telegrama tiene que informar a Lima del curso de las acciones del enfrentamiento uno de los mensajes que envía es particularmente doloroso
La muerte de Galvez en el Torreón de la Merced. Pero la transmisión final es de triunfo. La escuadra española se ha retirado con todos sus barcos averiados. Palma continuó investigando y escribiendo. Luego de un breve paso por el Parlamento como senador, publica en forma casi ininterrumpida cuatro series de sus hermosas tradiciones. Su éxito va más allá del Perú. Lo comentan y lo imitan en todo Iberoamérica.
Don Miguel de Unamuno en una carta le confiesa que se ha deleitado y reído con el espíritu alado, ligero y zumbón de las tradiciones. ¿Cómo no iba a reír el gran escritor y filósofo español, que también se confesaba duro de mandíbulas para la risa, con anécdotas tan divertidas? Y parece que la que más le gustó fue la historia de un curita llamado Padre Núñez, que salvó su vida gracias a su gran disposición para comer y beber.
¿Quieren escucharla? Dama de mucho cascabel y de más temple que el acero toledano, fue doña Ana de Borja, esposa del conde de Lemos, virrey del Perú a mediados del siglo XVIII. Ella ocupó durante diez meses el despacho del marido, cuando este viajó a lejano Puno a arreglar problemas con un minero.
en el ejercicio del poder doña Ana dejó muy bien puesto el pabellón de las mujeres por esos días había llegado a Lima un fraile portugués de apellido Núñez tan pronto el cura pisó tierra peruana la virreina recibió un anónimo en el que denunciaban que el fraile no era tal fraile sino un espía o comisionado secreto de Portugal país que en ese entonces tenía muchos problemas con España
Los oidores o consejeros de la virreina opinaron que inmediatamente y sin muchas contemplaciones se echase guante al padrecito y se le ahorcase en plaza pública. Pero la sagaz señora se resistió a llevar las cosas a tal extremo y les dijo, déjenlo pues señorías por mi cuenta, que sin necesidad de ruido yo sabré descubrir si es fraile o es espía. Y agregó, que un mensajero le diga que está invitado a almorzar en mi mesa.
Por la figura se veía que el fraile era hombre de gran apetito, pero esta vez lo traía duplicado. El padre Núñez no comía, devoraba. Hizo cumplido honor a todos los platos de sal y de dulce, del mar y de la tierra. La virreina miraba complacida al comelón y les guiñaba el ojo a los oidores como diciéndoles, si bien engulle, fraile es.
Terminados los platos, el invitado cogió el porrón de agua y empezó a despacharse a su gusto. Parecía que tenía la sed de un arenal y la pagaba como un auténtico fraile. Mientras bebía, la reina lo animaba sonriendo. Beba padre, beba, que eso le da la vida. Ya lo vieron comer. ¿Qué opinan ahora, pues señorías? preguntó la virreina. Los oidores contestaron casi en coro.
que es un fraile de verdad. Entonces la ingeniosa mujer dijo, dejen ir en paz al bendito sacerdote. En conclusión, quien come y toma como cura, cura es. En 1876, en plena madurez, don Ricardo Palma contrae matrimonio. El solterón empedernido, el amigo de aventuras galantes, pero enemigo del matrimonio, se casó con Cristina Román.
una dama de 28 años, de hermosos ojos verdes. Se fue a vivir con Cristina al balneario de Miraflores, donde viviría lejos de la actividad política, de la cual estaba decepcionado. En adelante solo se dedicaría a la literatura. En la paz del balneario, empieza a escribir una novela que llevaría el título de Los Marañones. Pero poco tiempo después, sería interrumpido. Chile le había declarado la guerra al Perú.
Y Palma sabe que nuevamente la patria lo necesita en el frente de batalla. Los últimos meses de 1880, después de varios enfrentamientos con el ejército peruano, las tropas chilenas continuaban avanzando hacia Lima. Entonces la población civil de la capital comenzó a prepararse para resistir la invasión junto a las diezmadas tropas nacionales.
En las trincheras o reductos, junto a los más humildes obreros, se encontraba lo mejor de la juventud limeña y los principales representantes del pensamiento nacional. Allí estaba Palma, lejos de la pluma y el papel, una vez más listo para defender a la patria. Al escritor le habían aconsejado que mude las pertenencias de su casa de Miraflores a un lugar más seguro.
Se teme que una vez vencida la resistencia, la soldadesca chilena se dedique al saqueo de las residencias. Pero Palma confía en que Lima, su Lima, vencerá al invasor y se niega a la mudanza, explicando con una frase muy suya que en estos momentos las excesivas precauciones son desmoralizadoras y de pésimo ejemplo y continúa en su puesto en los reductos ubicados en las afueras de Miraflores.
Los combates en los reductos fueron encarnizados y brutales. Inexpertos civiles trataron de detener con las pocas armas que quedaban a las hordas de enemigos enardecidos por entrar en Lima. Combatientes de Lima no pueden evitar el desastre de una derrota. Y las antes risueñas, poblaciones de Chorrillos, Barranco y Miraflores empiezan a caer en manos enemigas. Vencida toda resistencia, Palma va a su casa a intentar salvar algunas cosas.
Pero ya no tiene tiempo. Los chilenos están a un escaso kilómetro de su hogar. Tiene que abandonar lo que más aprecia, sus libros y manuscritos. Momentos después, los invasores saquean y reducen a cenizas las habitaciones, donde alguna vez pensó encontrar la tranquilidad para escribir. Entre las llamas que consumieron su casa, también desaparecieron los originales de su novela, los marañones,
donde narraba las aventuras del conquistador español Lope de Aguirre en las selvas amazónicas. Alojado en una casa del centro de Lima, Palma sobrevive durante la ocupación escribiendo para diarios del exterior. El diario bonaerense La Prensa lo cuenta entre sus colaboradores con más número de lectores. Y no tarda una propuesta del mismo diario. Lo invitan a integrarse al cuerpo permanente de periodistas, para lo cual debe trasladarse a Buenos Aires.
Una escritora amiga le escribe, vengase usted Palma, que aquí lo recibirán con repique de campanas. Cuando estaba preparando su viaje, se firma la paz con Chile. Y el presidente de entonces, el general Don Miguel Iglesias, lo manda llamar. Quisiera reclamar de usted una obra de cultura y patriotismo, le dijo. Acepte el nombramiento de director de la Biblioteca Nacional. En realidad no había Biblioteca Nacional.
Soldados chilenos habían saqueado sus estantes y convertido sus salones de lectura en cuadras para sus caballos. De los 80 mil volúmenes, solo quedaban unos 2 mil regados por el suelo. Palma dejó el periodismo bien pagado de Buenos Aires y lo cambió por el modesto sueldo de reconstructor de la biblioteca más importante de su país. Sin dinero para comprar libros, comenzó una intensa correspondencia pidiendo donaciones. Su nombre convocaba apoyo.
Recibía libros de los gobiernos, las instituciones y los hombres de letras de América y de España. He conseguido en el país y en el extranjero más de 35 mil volúmenes, sin gasto para el esquilmado tesoro del Perú. Escribió con orgullo. El 28 de julio de 1884, el bibliotecario mendigo, tal como gustaba ser llamado, abrió amorosamente las puertas de la nueva Biblioteca Nacional.
La misma determinación que mostraba en las trincheras, la mostraba también en la vida civil. Solo a fuerza de empeño, rehizo una biblioteca que la guerra había reducido a cenizas. En el año 1892 viaja a España invitado a las celebraciones del cuarto centenario del descubrimiento de América.
pero el objetivo real de su viaje era presentar a la academia de la lengua española una lista de americanismos o palabras de uso corriente en esta parte del mundo los académicos españoles faltos de perspectiva no los aceptaron palma fue muy optimista a las sesiones de la academia era una figura brillante indudablemente no sé qué otra figura más brillante de hispanoamérica puede haber ido sin embargo
se topó con una resistencia fea del purismo hispano y fueron rechazadas propuestas de verbos tan indispensables por ejemplo presupuestar o dictaminar o democratizar pero pocos años después tuvieron que darle la razón y más de 150 voces propuestas en aquella ocasión por don Ricardo
aparecían aceptadas en el diccionario de la Real Academia. Por ejemplo, desbarrancarse. Entonces en España dicen: "¿Para qué desbarrancarse si hay despeñarse?" Y Palma contesta: "No todos los barrancos tienen peñas". Puede haber barrancos que sean de arena. Entonces uno se desbarranca, pero no se despeña. Entonces él dice: "Desvestirse". Y le dice: "¿Para qué desvestirse si ya hay desnudarse?" Él dice: "No es lo mismo que desvestirse que desnudarse". Uno se desviste y se puede quedar en ropa interior.
pero cuando uno se desnuda se quita hasta la ropa interior. Reintegrado a la Biblioteca Nacional, donde permanecería durante 29 años, prosiguió con su labor creativa. Continuó publicando nuevas series de tradiciones, pero mantuvo inéditas las que agrupó bajo el título de Tradiciones en Salsa Verde, un grupo de relatos y anécdotas picarescas que según él no debían ser leídas por gente mojigata.
Pero ahí nos deja ver que los abuelos o bisabuelos no eran los gasmoños ni los cucufatos que a veces se piensa de una lima de atrás antigua, no, sino que también era gente bastante liberal. Esas tradiciones en salsa verde fueron encontradas en los archivos de la Biblioteca Nacional y posteriormente publicadas. Son una muestra de la gran vena literaria de Palma.
que no sólo fue un destacado escritor sino también un entusiasta recopilador de los cuentos y anécdotas populares el capitán Ramírez era un soldado de aquella época en que nuestro ejército vivía dividido en dos bandos el de los militares levantados y el de los militares caídos él era de los caídos y vivía de la mermadísima paga con que de tarde en tarde los atendía el fisco
Este capitán estaba casado con una sufrida y virtuosa muchacha que cada noche lo esperaba a ti en su pequeño y miserable cuartito. La pobre vivía esperando que su marido trajera algunas pesetas para cocinar algún puchero en el bracero. Pero ese milagro solo sucedía algunas pocas veces en el mes. Y más bien era una costumbre que el capitán llegara sin un cobre en los bolsillos, sin haber encontrado a quien darle un sablazo de préstamo.
Las cosas van a mejorar, le decía a su joven esposa, cuando gobiernen los míos, mariquita. Recuerda mi amor, que Dios aprieta, pero no para siempre. Ya vendrán días de abundancia, pero ahora qué comeremos, preguntaba ella. El capitán entonces la abrazaba y le decía, acuéstate mariquita, que por toda cena, hoy cenaremos un polvito. Pasaba el tiempo y la suerte no le cambiaba al capitán.
Parecía que los conspiradores estaban de vacaciones y ninguno de sus generales se animaba a encabezar una revuelta. Él seguía siendo un pobre soldado, con una mujer que no se cansaba de esperarlo de frío y con hambre. Una noche de esas, el capitán llegó a su casa un poco más tarde que de costumbre. Su rostro carilargo revelaba que traía el bolsillo limpio y que por consiguiente, esa noche también iba a ser de ayuno forzado.
Allí encontró a su mujer sentada frente al bracero encendido. ¿Qué haces tan pegada al bracero, mariquita? Le dijo mientras la abrazaba. Y mariquita muy desenvuelta le contestó, ya lo ves mi amor, estoy calentándote la cena. Palma criticó a veces con dureza al grupo de amigos bohemios de su juventud. Les dijo que demasiado pronto se habían vuelto hombres serios.
Esa manera de ser es formidablemente particular. Graciosa, rápida, ingeniosa, socarrona, pero también profunda. Aún anciano, seguía siendo el más grande pícaro que vivía en el Perú. En 1911, después de la muerte de su esposa, regresa con algunos de sus cinco hijos a Miraflores. Llegó a esta casa con la salud quebrantada, pero el ánimo entero.
Hasta aquí llegaban a visitar los discípulos y escritores amigos. En su ancianidad ya no quiso aceptar homenajes, pero no pudo rehuir el que en el año 1912 le rindió la juventud de América, que celebraba un congreso en Lima. Tampoco podía negarse a los saludos y las flores que de tarde en tarde le llevaban los niños del barrio. La madrugada del 6 de octubre de 1919 despertó diciendo que había soñado unos versos. Luego volvió a dormirse.
ya no despertaría más había muerto el primer limeño o tal vez el inventor de Lima en la solemnidad de los funerales y los homenajes nadie se atrevió a recordar el epitafio burlón que escribió para sí mismo aquí yace un escritor que ni fue coronel ni fue doctor fue un escritor un tradicionista uno de los más grandes escritores peruanos Palma
De alguna forma puede ser considerado como una especie de precursor de lo que ahora es una corriente muy de moda y muy novedosa que es la historia de la vida cotidiana, de los usos, de las costumbres. Él tiene un olfato para captar lo popular, lo que es la parte cambiante del lenguaje.
tiene la importancia de haber creado un género literario, que es el género de la tradición. Palma rompe esas fronteras y va a un público muy vasto. Y ese público vasto está compuesto además por edades muy diversas, desde gente ya muy madura hasta casi niños. Hoy día quizás todos somos un poco Ricardo Palma. En nuestra forma de ser siempre hay algo de su humor.
Dios nos libre, como a él lo libró, de un espíritu sin alegría.
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