Historias Innecesarias: La masacre de Nankin
Advertencia, el siguiente relato
presenta descripciones y archivos de
época que pueden ser fuertes para
algunos espectadores. Se recomienda
discreción en 1937, durante solo 42 días
y en una sola ciudad fueron asesinadas
más personas que Niroshima al momento
del impacto de la bomba atómica. Esa
ciudad era Nankin, la capital de China.
Ahí el ejército imperial japonés utilizó
todos los métodos disponibles de la
época, bayonetas, fusiles, espadas y
fuego. Las mujeres fueron violadas en
los hogares donde se escondían sin
distinción de edad y los prisioneros
eran atados con las manos en la espalda
y arrojados al río. Mientras tanto, dos
oficiales japoneses competían en la
portada del diario más leído de Tokio
por ver quién decapitaba primero a 100
chinos con una espada. Cuando empataron
en 100, subieron la puesta a 150. Y si
bien esto fue cubierto por la prensa
internacional, no sirvió de nada, ya que
las potencias del momento estaban
mirando a Berlín, donde había un
austríaco con bigote que estaba cerca de
empezar su propia guerra.
[música]
Esta historia empieza en realidad en
1853,
cuando una flota de buques de guerra
estadounidenses entró en la bahía de
Tokio y rompió cañonazos un aislamiento
que Japón llevaba sosteniendo durante
más de dos siglos. Hasta ese momento,
Japón era una sociedad feudal y cerrada.
Tenía emperador, pero el poder real lo
ejercían unos señores guerreros, los
samuráis, que habían decidido hacia
siglos que el resto del mundo era un
problema. Cuando los buques
estadounidenses los obligaron a abrirse,
los japoneses sacaron una conclusión
brutal. O seizaban rápido o terminaban
como China, dividida y humillada por las
potencias europeas. Elegieron la primera
opción. Lo que vino después fue una
transformación sin precedentes. En menos
de 40 años, Japón pasó de ser un país de
campesinos con espadas a una potencia
industrial con acorazados, ferrocarriles
y un ejército moderno. Lo hicieron
deliberadamente con un programa de
estado y con un lema que resume muy bien
la mentalidad de la época. País rico,
ejército fuerte. Lo que nadie esperaba
era la velocidad con la que ese ejército
fuerte iba a salir a probarse. En 1894,
Japón le declaró la guerra china. La
ganó en menos de un año y se quedó con
Taiwán como botín. 10 años después, en
1905, hace algo todavía más
espectacular. Derrota a Rusia en una
guerra naval. Era la primera vez en la
historia moderna que un país asiático le
ganaba militarmente a una potencia
europea. En 1910, Japón anexa Corea sin
disparar un solo tiro. El imperio se iba
armando y cada generación tenía una
guerra ganada. Junto con las victorias
militares, apareció una idea que iba a
justificar todo lo que vendría después.
En japonés se llama Jacó y Chiu y se
traduce más o menos como los ocho
rincones del mundo bajo un solo techo.
La idea es simple. Asia tiene que estar
unida. y el techo que la une tiene que
ser Japón. La frase era presentada como
antigua casi religiosa o sacada de los
textos clásicos, pero la verdad es que
era un invento del siglo XX redactado
para darle una aura espiritual a un
proyecto puramente expansionista. Y acá
es donde la historia empieza a torcerse,
porque para fines de los años 20, Japón
tenía un problema. El ejército ya no le
obedecía al gobierno civil. Los
oficiales jóvenes habían empezado a
creer que los políticos eran corruptos,
débiles y que estaban traicionando el
destino imperial del país. La crisis
económica de 1929, que en Japón pegó muy
fuerte, terminó de convencerlos. La
solución de Sean, era expandirse hacia
el continente y conseguir territorio,
recursos y mercados. En septiembre de
1931 y sin pedir permiso al gobierno de
Tokio, un grupo de oficiales del
ejército japonés que estaba destacado en
Manchuria, al norte de China, voló un
tramo del ferrocarril, le echó la culpa
a unos guerrilleros chinos imaginarios y
usó el supuesto atentado como excusa
para invadir toda la región. En cuestión
de meses, Manchuria dejó de ser china y
se convirtió en un estado títere llamado
Manchukuo. La Sociedad de las Naciones,
que era el organismo internacional de la
época, mandó una comisión investigar y
publicó un informe condenando la
invasión. La respuesta de Japón fue
directamente salirse de la sociedad. 5
años después, el ejército terminó de
tomar el país por dentro. En febrero de
1936, oficiales jóvenes intentaron un
golpe de estado en Tokio. 10000
soldados, tres ministros asesinados y el
primer ministro que se salvó de milagro
por esconderse en un placat. El golpe
falló, pero después del golpe el
equilibrio se rompió. Ningún gobierno
civil japonés iba a animarse a
contradecir al ejército nunca más. Así
la doctrina militar pasó a ser política
de estado. Y mientras todo esto pasaba
en Japón, en China pasaba otra cosa. Y
esto es importante porque sin entender
cómo estaba China en los años 30, no se
entiende por qué la invasión japonesa
fue tan devastadora. China oficialmente
era una república. Tenía un gobierno
central en Anquin encabezado por un
general llamado Chiek que dirigía el
partido nacionalista. Pero la palabra
central era una exageración. Chiang
controlaba en realidad menos del 10% del
territorio. El resto estaba en manos de
señores de la guerra regionales,
caudillos militares con sus propios
ejércitos privados que cobraban
impuestos, acuñaban moneda y obedecían a
Chi solo cuando les convenía. Además, en
una zona montañosa del centro del país
había un partido comunista creciendo
rápido, comandado por un campesino
convertido en intelectual llamado Ma Sen
Dong. Chiang Kai estaba más preocupado
por los comunistas que por los
japoneses. Durante años los persiguió
militarmente hasta que en 1934 los
obligó a hacer una retirada épica de
6,000 km a pie por el interior de China.
La famosa larga marcha, que si bien mató
al 80% de los que la empezaron, terminó
convirtiendo a Mao en líder indiscutido
del comunismo chino. En diciembre de
1936,
uno de los propios generales secuestró a
Chi durante dos semanas para obligarlo a
firmar una alianza con los comunistas y
enfrentar juntos a Japón. Chi firmó,
pero ya era tarde para preparar al país.
Para 1937, entonces, los dos países
estaban en posiciones opuestas. Japón
era una potencia industrial y militar
gobernada por el ejército con una
ideología de expansión continental, una
década de victorias militares fáciles y
la convicción de que Asia tenía que
estar bajo su techo. China, por su
parte, era un país enorme, dividido,
recién saliendo de su propia guerra
civil interna y dirigido por un gobierno
débil que recién había aceptado casi que
a la fuerza, que el enemigo principal
estaba fuera y no dentro de su
territorio. Lo único que faltaba para
que todo estallara era una chispa y esa
chispa iba a ser un soldado
desaparecido. La noche del 7 de julio de
1937,
una compañía del ejército japonés que
estaba haciendo maniobras nocturnas a
las afueras de Pekín pasó lista al final
del ejercicio y descubrió que le faltaba
un soldado. Automáticamente los
oficiales japoneses decidieron que el
soldado había sido secuestrado por
tropas chinas que estaban estacionadas
cerca de un puente histórico que en
Occidente se conoce como el puente de
Marco Polo y exigieron registrar el
cuartel chino para encontrarlo. Los
chinos se negaron y empezaron los
disparos. Cuando salió el sol, el
soldado japonés ya había aparecido.
Había estado todo ese tiempo en una
letrina sin enterarse de todo lo que
había ocasionado. China decidió no dejar
pasar lo ocurrido y al poco tiempo el
gobierno de Chankai Cheek movilizó sus
mejores tropas. Japón, que había
planeado una operación rápida para
castigar a Pekín, se encontró de repente
metido en una guerra total. Una guerra
que además nunca declaró formalmente.
Hasta el final los documentos oficiales
japoneses se referían a Nankin, a
Shanghai y al resto de China como un
incidente. El primer choque grande
ocurrió en Shanghai era la joya
económica de China. Tenía rascacielos,
tranvías, casinos, grandes puertos, una
concesión francesa, una británica,
fábricas, bancos y 3 millones de
habitantes. Y Chihan Kai Cheek decidió
que ahí en una ciudad llena de testigos
extranjeros, era donde iba a darse la
batalla decisiva contra los japoneses.
La idea era simple. Si el mundo veía
China resistir, alguien iba a tener que
ayudarla. La batalla empezó el 13 de
agosto y duró 3 meses y medio. 3 meses y
medio de combate urbano calle por calle
con la artillería japonesa bombardeando
barrios enteros y los cuerpos
amontonándose en las veredas. La cifra
final, cerca de 200,000 soldados chinos
muertos y entre 40,000 y 50,000
japoneses. Shanghai cayó en noviembre,
pero un costo que Japón no tenía
previsto.
Japaned
with theo creek Japan
si largest. These pictures show the
final streetto street and hand-to-hand
battle. The house-to- advance behind a
smoke scream with tanks snorting ahead
through the narrow street. Y es que
Japón había planeado quebrar a China en
seis semanas. 3 meses después seguía
empantanado en una sola ciudad. Sus
generales estaban furiosos y sus
soldados, muchos de ellos reservistas
mal alimentados y mal pagados, que
habían visto morir a la mitad de su
unidad bajo el bombardeo chino, estaban
exhaustos y resentidos. La rabia que se
acumuló durante estos 3 meses no se
evaporó cuando cayó Shanghai. Iba a
decantar en la próxima ciudad. Esa
siguiente ciudad era la capital. Los
oficiales del ejército japonés, sin
pedir autorización al gobierno civil de
Tokio, que prefería negociar, decidieron
por su cuenta marchar sobre Nanquin. Y
el camino entre esa ciudad y Shanghai se
convirtió durante todo noviembre en un
anticipo de lo que vendría después.
pueblos enteros incendiados, aldeas
saqueadas y cuerpos de campesinos
abandonados en los arrozales. Para los
primeros días de diciembre, el ejército
imperial estaba a las puertas de la
capital china y la capital, mientras
tanto, se estaba vaciando. Nanin para
ese momento era una ciudad amurallada
con casi 1 millón de habitantes. era la
capital del país, el lugar donde estaban
los ministerios, las embajadas, las
grandes universidades, los principales
hospitales y los archivos imperiales que
China había acumulado durante siglos. Y
todos en esa ciudad sabían lo que se
venía. Lo que pasó durante esas semanas
previas fue casi un éxodo bíblico. Los
que tenían dinero o contacto y huyeron
hacia el oeste, arriba arriba, a la
nueva capital provisional que el
gobierno había anunciado en una ciudad
llamada Uhan. Los que no tenían nada se
quedaron porque irse implicaba un dinero
que simplemente no tenía. Así la
población se redujo en un mes de 1,0000
a 1 250,000 habitantes. Los que se
quedaron eran, sobre todo, los más
pobres. El 7 de diciembre, antes del
amanecer, el propio Chankai Cheek se
subió a un avión privado con su esposa y
se fue. Antes de irse le pasó la defensa
de la ciudad a un general llamado Tang
Sheng Chi. Le encargó 100,000 hombres.
La mayoría reservistas verdes sin
entrenamiento real y reclutados a la
fuerza días atrás y le pidió que
defendiera la capital hasta el último
hombre. Tang prometió que así lo haría
en un discurso público transmitido por
radio, pero entre los habitantes que se
quedaron había un puñado de extranjeros,
empresarios, médicos, profesores
universitarios y misioneros que habían
vivido en Nanquim durante años. Hablaban
chino, tenían familias chinas y cuando
los demás extranjeros salieron
corriendo, ellos decidieron quedarse.
Este grupo creó un comité internacional
y declaró sobre el papel una zona de
seguridad. Eran 4 km² en el oeste de la
ciudad donde se concentraban las
embajadas, una universidad, un par de
hospitales y la mayoría de las casas de
los extranjeros. La idea era convertirla
en un refugio civil neutral y fuera de
combate. Y la persona que se puso al
frente del comité era un alemán de 55
años, vendedor de equipos eléctricos de
Siemens y miembro del partido nazi. Se
llamaba John Rabe, pero a Rabe le vamos
a dedicar más tiempo un poco más
adelante. Por ahora alcanza con saber
que entre el 22 de noviembre y el 12 de
diciembre este comité armó refugios para
250,000 personas. La noche del 12 de
diciembre, mientras los japoneses
bombardeaban las puertas de la muralla
con artillería pesada, el general Tang
Sheng Chi recibió una llamada de Chianai
Cheek desde Buuhan, ordenándole que se
retirara. Tang aceptó la orden de
inmediato y salió de la ciudad esa misma
noche por una puerta al norte que
todavía no estaba bloqueada por los
japoneses. Lo hizo sin avisarle a
ninguno de sus soldados. Ellos, cuando
se enteraron de que sus oficiales habían
huído, intentaron seguirlos por la misma
puerta del norte, pero al amontonarse
miles de personas en una salida
estrecha, la fuga se convirtió en una
matanza por aplastamiento. Cientos
murieron pisoteados antes de poder
cruzar, mientras otros se tiraban al río
J sin saber nadar. Los que no llegaron a
tiempo terminaron rendidos al ejército
japonés que entraba por las cuatro
puertas restantes. Era la noche del 13
de diciembre de 1937.
Y empezaban las seis semanas más oscuras
de la historia china del siglo XX. Lo
primero que hicieron los soldados
japoneses al entrar a la ciudad fue
ejecutar a los prisioneros. Primero
separaron a los hombres jóvenes, ya sean
soldados rendidos o civiles que parecían
soldados, los ataron de manos a la
espalda con cordel y los marcharon hacia
las orillas del río Janceze. Una vez
ahí, los fusilaron desde atrás y dejaron
los cuerpos caer al agua. Las orillas
del río durante las semanas siguientes
estaban tapizadas de cadáveres. Las
ejecuciones masivas no eran espontáneas,
eran sistemáticas. Pelotones enteros del
ejército imperial habían recibido la
orden de limpiar a los prisioneros y se
turnaban para hacerlo. En total fueron
asesinados a las orillas del río más de
50,000 hombres. La mayoría no eran
soldados, sino trabajadores,
estudiantes, comerciantes o campesinos
refugiados. La regla durante esos días
era que cualquier varón joven era
automáticamente sospechoso. Muchos
fueron enterrados vivos o hasta
despedazados por perros. Luego, el
ejército japonés se desplegó casa por
casa y empezaron las violaciones. Las
cifras que estableció después el
Tribunal Militar de Tokio hablan de
20,000 violaciones documentadas en 6
semanas. Las estimaciones académicas más
amplias suben hasta 80,000. Para tomar
dimensión, 80,000 violaciones en 6
semanas son casi 2,000 violaciones por
día en una sola ciudad, sin distinción
de edad. Las víctimas documentadas iban
desde niñas de 11 años hasta abuelas de
70. Los soldados entraban a las casas,
separaban a las mujeres del resto de la
familia, las violaban en grupo y muchas
veces las mataban después. Hay
testimonios de embarazadas siendo
abiertas al medio con una bayoneta y a
los hombres que intentaban defenderlas,
padres, maridos o hijos, los mataban en
el momento. Luego de arrasar y saquear
barrios enteros, el ejército japonés los
prendía fuego para no dejar rastro. Para
fines de diciembre, se estima que un
tercio de la ciudad estaba destruida por
el fuego. Pero hay un detalle de esas
semanas que todavía hoy parece sacado de
una película. El diario más leído de
Tokyo llamado Tokyo Niethi Shimbinbun
mandó un equipo de corresponsales con el
ejército japonés para cubrir la marcha
hacia Nanin. Entre los oficiales que
cubrían encontraron a dos subtenientes,
Toshiaki Mukai y Tsuyoshi. La
competencia consistía en ver quién
decapitaba primero a 100 personas usando
solamente una espada. El diario empezó a
cubrirla como si fuera una crónica
deportiva. Cuando los dos oficiales
habían empatado en 100, decidieron subir
la apesta a 150. Hay un debate académico
actual sobre si la competencia fue real
o si fue un invento sensacionalista del
propio diario para vender más
ejemplares. Lo que no es tan duda es que
esos dos oficiales mataron a montones de
personas con una espada en esos días. El
17 de diciembre, 4 días después de la
caída, el ejército organizó una
ceremonia oficial de victoria para
mostrar al mundo que la ciudad había
sido tomada con honor. Los noticieros
japoneses mostraban a los soldados
desfilando ordenadamente y al general en
jefe, un sinófilo enfermo de
tuberculosis llamado Iwane Matsui, que
había estado en cama durante toda la
captura saludando frente a la bandera. A
tres cuadras de la ceremonia, las
violaciones y las ejecuciones seguían en
pleno desarrollo. Matsui se enteraría
una semana después, cuando ya era
demasiado tarde. Las semanas siguientes,
hasta fines de febrero, fueron de
violencia más dispersa, pero no menor.
Las cifras totales que estableció el
Tribunal Militar de Tokio fueron más de
200,000 muertos. La cifra oficial china,
la que hoy está grabada en una pared del
memorial de Nankin, es de 300,000. Las
estimaciones académicas occidentales se
mueven entre 100,000 y 300,000. La
discrepancia, como pasa con todas las
masacres, depende de qué se cuente. Solo
civiles o también prisioneros militares,
solo dentro de la muralla o también en
los pueblos cercanos. Como siempre, es
intentar reducir un hecho atroz a una
discusión numérica. A fines de enero,
cuando el ejército japonés finalmente
restableció el orden y obligó a los
refugiados a volver a sus casas, abrió
en las afueras de Nanquin una primera
estación de consuelo. Era un edificio de
un piso donde el ejército habían cerrado
unas 20 mujeres jóvenes, chinas y
coreanas, para los soldados japoneses.
La idea, según los oficiales, era
reducir las violaciones callejeras y
mejorar la disciplina. Lo que en
realidad estaban haciendo era
institucionalizar el crimen. En los años
siguientes, ese modelo de estación de
consuelo se replicaría por toda Asia.
Para fines de enero de 1938, lo peor
había terminado. La ciudad seía en pie,
pero un tercio estaba en ruinas.
Quedaban unos 100,000 sobrevivientes
ahí, refugiados todavía en la zona de
seguridad o intentando reconstruir lo
que tenían. Y los héroes que dejó la
masacre de Nanin son tres personas que
ningún guionista habría puesto juntos en
un mismo lugar. Un alemán nazi, una
misionera estadounidense y un pastor
protestante. Los tres extranjeros, los
tres civiles y los tres durante esas
seis semanas hicieron más por los chinos
de Nanquín que cualquier ejército. Uno
es el ya mencionado John Rabe, un alemán
que había vivido 30 años en China y que
trabajaba como representante comercial
de Siemens. en 1934 y como muchos
alemanes que vivían en el extranjero por
entonces, se afilió al partido nazi. Lo
hizo por conveniencia profesional. El
partido le daba beneficios laborales y
sobre todo le daba peso en la comunidad
alemana. Cuando llegaron los japoneses a
Nankin, Rabe se dio cuenta de que el
brazalete con una esbástica que tenía el
brazo izquierdo era paradójicamente un
escudo. Japón y Alemania eran aliados.
Para los soldados japoneses, ver una
esbástica equivalía a ver una bandera
amiga. Y Raby usó esa simbología para
poder detener a soldados japoneses que
iban a violar mujeres, para sacar
familias de casas que estaban por ser
incendiadas y para esconder soldados
chinos rendidos en su propio jardín.
Cabe destacar que incluso Rabel escribió
una carta personal a Adolf Hitler
pidiéndole que usara su influencia con
el gobierno japonés para frenar la
masacre. Pero esa carta nunca llegó a
destino. Mientras tanto, una mujer de 51
años hacía algo parecido en un campus
universitario. Se llamaba Mini Botren.
Era de Illinois y había llegado a China
20 años antes como misionera y dirigía
Ginling, la primera universidad para
mujeres del país. Cuando entraron los
japoneses, Botrin abrió las puertas del
campus y dejó pasar a todas las mujeres
y niñas que pudieran caber adentro. Para
fines de diciembre tenía 10,000
refugiadas durmiendo en las aulas.
Botrin pasó las seis semanas siguientes
haciendo lo único que podía hacer, estar
en la puerta. Cada vez que un grupo de
soldados japoneses se acercaba al campus
a buscar mujeres, Botrin salía a
recibirlos, discutía con ellos y les
mostraba su pasaporte estadounidense. A
veces los convencía y a veces no. Y si
se llevaban alguna niña, lo anotaban un
diario con la hora exacta y con la
descripción lo más detallada posible de
los oficiales que las habían sacado. El
tercer protagonista de esta historia se
llamaba John McGee. Era pastor episcopal
estadounidense, vivía en Nanquin hace
décadas y tenía un hobby que durante
esas seis semanas se volvió el archivo
más importante del crimen. Era cineasta
amateur. tenía una cámara de 16 mm que
se había comprado años antes para filmar
las vacaciones de su familia y durante
toda la masacre la llevó escondida
dentro de su bolso de la iglesia para
filmar absolutamente todo. En total,
filmó 105 minutos. Cuando terminó la
masacre, le dio el material a otro
miembro del Comité Internacional que
sacó las latas de China escondidas
dentro del [ __ ] de su sobre todo. Ese
hombre, George Fit, viajó a Estados
Unidos con las películas pegadas al
cuerpo durante todo el cruce del
Pacífico. Una vez en destino, organizó
proyecciones privadas para miembros del
Congreso, para la Cruz Roja y para el
ejército. Hoy ese material restaurado
por la Universidad de Yel en los años 90
es la única filmación contemporánea de
la masacre de Nankin que existe en el
planeta. Y cabe destacar que el mundo se
enteró de lo que estaba pasando mientras
todavía estaba pasando. El 18 de
diciembre de 1937, 5 días después de la
caída de la ciudad, la portada del New
York Times publicó un reportaje donde se
describía en detalle lo que el ejército
japonés estaba haciendo. Al día
siguiente, el Chicago Daily News publicó
otro reportaje similar que coincidía en
prácticamente todo. La información
entonces no era secreta, estaba en las
portadas de los principales diarios del
mundo occidental y aún así la respuesta
política internacional fue esencialmente
ninguna. El gobierno estadounidense
protestó formalmente recién cuando un
buque de guerra norteamericano fue
bombardeado por aviones japoneses en
plena masacre. Pero por esa masacre en
sí, casi nadie se manifestó
oficialmente. Las potencias democráticas
estaban concentradas en Berlín, donde se
estaba consolidando un régimen que iba a
poner en marcha su propia maquinaria de
exterminio en cuestión de años. Y esa
indiferencia internacional tuvo una
consecuencia concreta. Le dio al
ejército imperial japonés la
confirmación de que la lógica del
castigo colectivo, del crimen
sistemático, de la disolución de toda
diferencia entre combatiente y civil no
iba a tener un costo internacional. Y lo
que vino en los 7 años siguientes fue
nanquín, pero multiplicado. En diciembre
de 1938, un año exacto después de la
masacre, el propio emperador Hirojito
firmó personalmente la aprobación de una
operación militar en el norte de China,
conocida como Sanosakusen, una directiva
de tres palabras que se traducían como
matar todo, quemar todo y saquear todo.
La operación se aplicó durante años
contra aldeas chinas sospechadas de
simpatizar con la guerrilla comunista.
Las estimaciones académicas hablan de
hasta 2,5 de civiles muertos solo por
esa operación. En paralelo, en una base
militar secreta cerca de una ciudad
china se instalaba la llamada unidad
731,
un programa de experimentación biológica
con seres humanos. Prisioneros chinos,
coreanos, soviéticos y después también
estadounidenses, eran usados como
sujetos de prueba para estudiar
enfermedades, congelaciones,
vivisecciones o el efecto de armas
químicas. Las cifras de víctimas se
mueven entre 3,000 y 12,000 personas.
Cuando terminó la guerra, el ejército
estadounidense le dio inmunidad a los
oficiales que dirigían esa unidad a
cambio de quedarse con sus datos y
ninguno fue procesado. Tiempo después,
cuando Japón perdió la Segunda Guerra
Mundial en agosto de 1945,
los aliados organizaron un tribunal
militar en Tokio para juzgar a los
responsables de los crímenes de guerra.
28 oficiales japoneses de alto rango
fueron acusados. Siete fueron condenados
a muerte. Entre ellos estaba el general
Iwanemui, el sinófilo enfermo de
tuberculosis, que había llegado tarde a
la ceremonia de victoria de Rankin y
había denunciado a sus propios oficiales
cuando se enteró de lo que habían hecho.
A pesar de eso, el tribunal lo declaró
culpable, no por haber ordenado la
masacre, sino por no haber sido capaz de
detenerla. Lo arcaron el 23 de diciembre
de 1948
junto con el exp primer ministro
Iquitojo. En paralelo en la propia
Nanquín, otro tribunal, esta vez chino,
juzgó a los oficiales que habían estado
en terreno, el general Isao Tani, los
dos subtenientes de la competencia de
Sien, Mukai Noda, y todos fueron
fusilados. El hombre que muchos
historiadores consideran el verdadero
responsable operativo de Nankin, el
príncipe Yasujiko Asaka, tío político
del emperador Hirojito y comandante
temporal de la operación durante los
días más duros de la masacre, no fue
procesado nunca. Y es que el general
Douglas McArthur, jefe del comando
aliado en el Pacífico, había decidido
que toda la familia imperial japonesa
debía quedar fuera del proceso para no
desestabilizar al país durante la
ocupación. Asaka vivió libre jugando al
golf en clubes exclusivos de Tokio hasta
su muerte en 1981, a los 94 años. Al
emperador Hirojito, por la misma razón
tampoco se lo procesó. murió en 1989
como jefe simbólico del Estado y sin
haber respondido nunca formalmente por
lo que ocurrió bajo su mandato. Y esa
impunidad selectiva, donde los oficiales
subalternos son colgados y los
responsables imperiales quedan a salvo,
es uno de los elementos que va a
complicar durante todas las décadas
siguientes la posibilidad de que Japón
haga un duelo claro con su propia
historia. Y es que después de los
juicios vinieron 30 años de silencio. Es
uno de los hechos más raros de la
posguerra asiática. Durante las décadas
del 50, 60 y buena parte del 70, ni
Japón ni China hicieron ruido sobre lo
que había pasado, cada uno por sus
propios motivos. Japón, ocupado por
Estados Unidos hasta 1952, se
reconstruyó económicamente como aliado
clave de Washington en la Guerra Fría y
ningún gobierno estadounidense quería
incomodar a su nuevo aliado removiendo
culpas demasiado pesadas. Hasta los
libros de textos japoneses de esa época
mencionaban la guerra en China en
términos vagos, sin detalles y muchas
veces sin siquiera la palabra masacre.
China, por su lado atravesó en los
mismos años un terremoto interno, el
gran salto adelante, la revolución
cultural y el cierre completo del
sistema educativo. Durante una década no
había espacio institucional para hacer
memoria de Nanin. El silencio recién
empezó a romperse a fines de los 70 en
un lugar bastante inesperado, un templo.
Y es que en Tokio hay un santuario
sintoísta llamado Yasukuni, donde se
honra a los soldados japoneses muertos
en las guerras. La idea es que ahí no se
entierra nadie, sino que se consagran
sus almas, quedan espiritualmente dentro
del santuario y el Estado japonés los
honra como héroes nacionales. En 1978,
los sacerdotes hicieron algo que
mantuvieron en secreto durante meses.
Consagraron las almas de 14 criminales
de guerra clase A, entre ellos el
general Iwane Matsui y el ex primer
ministro Jidé Jitojo. De esa manera,
ahora los responsables máximos de la
guerra y de la masacre estaban
oficialmente entre los héroes. Cuando se
supo, el escándalo internacional fue
inmediato y desde entonces, cada vez que
un primer ministro japonés visita el
santuario en una ceremonia oficial,
China y Corea protestan. De hecho, en
paralelo a estas protestas, durante los
años 80 empezó otra batalla igual de
simbólica, pero mucho más larga, la
batalla de los libros de texto. En 1982,
el Ministerio de Educación japonés
rechazó la palabra agresión en un manual
escolar para describir lo que el
ejército japonés había hecho y sugirió
cambiarla por avance. Hubo escándalo,
gobiernos chinos y coreanos protestando
y todo llegó a las Naciones Unidas. La
palabra fue restaurada después de meses
de presión, pero la batalla por cómo se
enseñan en Japón los crímenes de Nankin
terminó ese día. Volvió cíclicamente
todo el tiempo, sobre todo en los 90 y
en los 2000es, y hasta sigue en disputa
el día de hoy. Hay manuales japoneses
actuales que mencionan la masacre con
sus cifras documentadas y otros que
apenas la mencionan en una frase y sin
contexto. Además, una franja
minoritaria, pero visible de
intelectuales japoneses, académicos,
exmilitares y políticos conservadores,
vienen sosteniendo durante décadas que
la masacre sencillamente no existió o
que existió en escala mucho menor. Dicen
que las cifras están infladas, que las
fotos están manipuladas y que los
testigos simplemente mienten. y sus
argumentos se cruzaron en 2006 con una
sobreviviente en particular, una mujer
china llamada Xiauchin, que tenía 80
años en ese momento. Ella había sido
bayoneteada tres veces a los 8 años por
soldados japoneses que esa misma tarde
habían asesinado a siete miembros de su
familia. logró sobrevivir escondida bajo
los cuerpos y décadas después, en los
años 90, había dado testimonios públicos
del crimen y un historiador japonés
negacionista la había acusado en un
libro de haber inventado todo. Acto
seguido, Xia lo demandó por difamación
en tribunales japoneses y después de 3
años de juicio, el 5 de febrero de 2009,
la Corte Suprema de Japón falló a favor
de ella y le ordenó al historiador
pagarle 4 millones de llenes de
indemnización y reconocer que su
testimonio era veraz. Fue una de las
pocas veces, en 80 años de disputa, en
que un tribunal japonés le dio
formalmente la razón a una víctima sobre
un negacionista. Y lo que terminó de
reabrir el tema en Occidente vino de un
libro. En 1995,
una periodista chino estadounidense de
27 años llamada Iris Chang empezó a
investigar lo que había pasado en
Nankin. Sus abuelos habían huido de la
ciudad en 1937, días antes del asalto, y
le habían contado absolutamente todo.
Chang se metió en archivos
universitarios, viajó en Anquin,
entrevistó a sobrevivientes y recuperó
los diarios olvidados de John Rabe, que
estaban en manos de la nieta del nazi
alemán. En 1997 publicó The Rape of Nan
King. Fue un best seller mundial y para
muchísima gente que no había oído hablar
nunca de este hecho, sobre todo público
occidental, ese libro fue el primer
contacto con la historia. A Chang la
respuesta política china le abrió las
puertas, pero la japonesa fue muy
distinta. Recibió amenazas de muerte.
Negacionistas la persiguieron en
universidades, salieron a desmentirla en
televisión y le bloquearon
presentaciones en Japón. Tiempo después,
en 1985,
China inauguró en la propia ciudad de
Nanquin un memorial a las víctimas de la
masacre. Lo amplió en 2007 hasta
convertirlo en uno de los museos de
memoria más visitados de Asia y en 2014
el gobierno estableció por decreto que
cada 13 de diciembre pasaría a ser
oficialmente el día nacional de
conmemoración por las víctimas. Cada 13
de diciembre, desde entonces, en Nanquín
suena una sirena al mediodía durante un
minuto entero.
John Rabe volvió a Alemania en 1938. Lo
primero que hizo al llegar fue dar
conferencias públicas sobre lo que había
visto en Nanquin. Realizó algunas y
luego la gestapo lo arrestó. Le
confiscaron los documentos, le
prohibieron hablar del tema y lo
interrogaron durante días. Y es que el
gobierno alemán no quería que su aliado
japonés quedara expuesto. Rabe firmó un
documento comprometiéndose a no volver a
hablar públicamente del tema y guardó
los diarios y las fotos en una caja en
el sótano de su casa. Cuando terminó la
guerra en 1945, perdió el trabajo en
Siemens por su afiliación al partido
nazi. Acto seguido le quitaron la
pensión y lo expulsaron de la Asociación
Profesional a la que pertenecía. Así y
su familia cayeron en una pobreza
extrema en una Berlín bombardeada de la
posguerra. En 1948 le escribió una carta
a un colega en China preguntando si
alguien lo recordaba. La carta llegó al
alcalde de Nanquín y la ciudad que él
había ayudado a salvar 10 años atrás
organizó una colecta espontánea.
Reunieron $2,000 estadounidenses, lo que
era una fortuna en la Alemania de
posguerra. Y a partir de ese momento,
todos los meses hasta su muerte, le
mandaron un paquete con comida y dinero
desde la otra punta del planeta. Murió
de un infarto el 5 de enero de 1950 en
Berlín. Su tumba, que estaba en un
cementerio en ese lugar, fue trasladada
simbólicamente a Nankin en 1997,
cuando se redescubrieron sus diarios.
Mini Botrin se quedó en Nanquin hasta
mayo de 1940. Después de la masacre
intentó volver a la rutina académica,
pero quedó anímicamente destrozada. El
diario que llevó durante esos años
conservado en la Universidad de Yale
registra ese deterioro: insomnio,
pesadillas, episodios de llanto
incontrolable y la culpa por las chicas
que no había podido salvar y por las
decisiones imposibles que había tenido
que tomar, como entregar algunas para
salvar a otras. En mayo de 1940 sufrió
un colapso nervioso completo y la
enviaron a Estados Unidos para tratarse.
Ahí la diagnosticaron con lo que hoy
llamaríamos depresión severa con
trastorno de estrés postraumático. El 14
de mayo de 1941
cerró las ventanas de su departamento,
abrió la llave de gas y se acostó en la
cama para no volver a despertar nunca
más. Tenía 54 años. Su tumba dice en
chino, "Diosa misericordiosa de Ginling,
el nombre que le pusieron las refugiadas
que ella había protegido. Iris Chang, la
periodista que publicó el libro, siguió
investigando crímenes de guerra. Recibía
amenazas constantes, empezó a tener
insomnio, episodios paranoides y
depresión. En 2004, durante un viaje que
hizo para investigar para un libro que
nunca terminaría, sufrió un colapso
psicótico, la internaron y fue
diagnosticada con trastorno bipolar. Al
poco tiempo manejó hasta una ruta del
condado de Santa Clara, California,
estacionó el auto al costado del camino
y se disparó con un revólver antiguo que
se había comprado 3 días atrás. El
general Tang Shen Chii, el chino que
escapó la noche del 12 de diciembre,
sobrevivió a la guerra, sobrevivió a la
guerra civil china y se reconcilió con
el régimen comunista de Mao. Vivió en
Beijing en relativa tranquilidad hasta
1970 cuando murió de causas naturales a
los 81 años. Xiahu Kin, la sobreviviente
que había sido bayoneteada tres veces a
los 8 años, la que demandó al
historiador negacionista y ganó, vivió
hasta 2024. Murió a los 95 años en
Nanquin, en su cama, rodeada de su
familia. Siempre dijo exactamente lo
mismo en cada entrevista. No quiero,
perdón, quiero que no se olvide. Hay una
foto que sale en cualquier libro que
hable de la guerra de Japón contra
China. La sacó un fotógrafo chino
llamado HS Wong el 28 de agosto de 1937,
4 meses antes de Nanin. Está tomada en
los rieles de la estación principal de
Shanghai, después de un bombardeo
japonés. En el centro de la foto hay un
bebé sentado en el piso con la ropa
quemada llorando. Sus padres acaban de
morir presumiblemente en ese bombardeo.
La foto se publicó en la revista Live y
en cientos de diarios alrededor del
mundo. En su momento fue una de las
imágenes más vistas del siglo XX. Generó
indignación, cartas al director y
campañas humanitarias, pero nada de eso
sirvió. 4 meses más tarde, el ejército
japonés, que había hecho el bombardeo
del que ese bebé era sobreviviente,
entró en Nankin e hizo lo que hizo. Y el
mundo otra vez miró, se indignó y
nuevamente no hizo nada. Y esa es la
pregunta que queda resonando. ¿Por qué
algunas atrocidades se convierten en
relato central de una época y otras,
como estas, quedan en disputa casi que
permanente? ¿Por qué Hiroshima tiene
memoria mundial? Inan documentada en
tiempo real por testigos extranjeros y
filmada por un pastor con una cámara
escondida, tardó 60 años en volver a los
libros de historia. Nankin no terminó en
febrero del 38 cuando el ejército
japonés restableció el orden. Tampoco en
1948 cuando orcaron a Matsui. Tampoco en
1985 con el Memorial ni en 2009 con el
juicio de Shahukin. Es algo que sigue
abierto. Y mientras esta historia siga
abierta conviene contarla porque las que
se dejan de contar son las que vuelven a
pasar. Diario del colapso. El resumen
mensual de acontecimientos globales que
estoy realizando ya está disponible para
miembros del canal. En tiempos donde las
noticias duran solo un par de horas,
decidí mantener un archivo y registro
del año entero. Además, ya pueden
adquirir las entradas para las próximas
presentaciones en vivo de historias
innecesarias.
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